Investigación

La censura tecnológica de la investigación científica en las universidades peruanas

De acuerdo al Diccionario de la Real Academia Española, en su edición 2018, se define al plagio como la acción de «Copiar en lo sustancial obras ajenas, dándolas como propias». El plagio en consecuencia, no sólo consiste en adueñarse de las palabras de otra persona, como sucede al copiar un escrito de forma parcial o total, sino también de ideas u otro tipo de información, como cuando el contenido de un texto se resume o informa en sus propias palabras sin indicar su origen, conocido en nuestro ambiente académico como “parafraseo”, algo que, aunque parezca paradójico, se suele aconsejar a los estudiantes con mucha frecuencia por parte de quienes tienen a cargo las asesorías de Tesis, aduciendo que esa es la mejor forma de eludir el control antiplagio al que someten últimamente muchas universidades peruanas, no tanto con el ánimo de perseguir de buena gana esta mala práctica, sino de “cumplir” con los estándares antiplagio impuestos por la SUNEDU en el proceso de licenciamiento de las universidades a su cargo. Si bien la copia literal (es decir, palabra por palabra) apenas ocurre de buena fe (aunque algunos pueden pensar que, si se cambia algunas palabras, o se salta algunas líneas de vez en cuando, en realidad no se está copiando), y más allá de aquella memorable frase realizada por un político peruano “…no es plagio, es copia”, la verdad es que vivimos en una realidad donde este tipo de prácticas ha generado la mayor parte de la producción intelectual que inunda los trabajos de investigación efectuados, tanto a nivel pre grado como posgrado. Sin ir más allá, estoy seguro que si se sometiera a una evaluación antiplagio las tesis producidas en todas nuestras universidades, el escenario sería, no tanto sorpresivo, sino dramático en cuanto revelaría la triste condición de nuestro quehacer académico.

Por otro lado, existen una diversidad de programas o software antiplagio que permiten examinar el nivel de originalidad de un texto. Esto se ha puesto recientemente en práctica en la mayoría de las universidades del país y, a decir verdad, constituyen una herramienta muy interesante en la medida que se cruza información, no sólo de las bases de datos públicos que circulan por Internet, sino también de los propios repositorios de las instituciones universitarias. Pero el problema que se está presentando es que, si bien estas herramientas ofrecen un reporte sobre los posibles “plagios” detectados en un texto, lamentablemente se trata de un informe en bruto, es decir, no refleja la verdadera condición del texto, pues no reconocen el citado bibliográfico que pueda haber sido utilizado, por lo que introduce en un mismo saco toda la información examinada sin establecer ninguna clase de criterio selectivo al respecto, lo que hace inútil el uso de citas textuales, pues éstas, pese a estar citadas correctamente, sea en APA, Chicago, ISO, Vancouver u otros, igual son resaltados y sindicados como plagio.

Obviamente que los docentes asesores a cargo, tendrían que, en base al reporte antiplagio proporcionado por estas herramientas, proceder a realizar manualmente la evaluación de los textos y, establecer aquellas citas correctamente realizadas; es decir, separar el grano de la paja. Pero ocurre que esto no sucede en la práctica, pues, en la mentalidad informatizada de estas personas, dichos reportes son considerados como indicativo de plagio total generando una suerte de pánico académico y desatando sobre el tesista una verdadera avalancha de exigencias de reducción de los porcentajes resultantes sin considerar lo señalado y sin tomarse el trabajo de realizar una labor minuciosa de evaluación personalizada, lo que pone en serio riesgo el verdadero trabajo investigativo pues, técnicamente han quedado prohibidas las citas textuales, sea de obras, jurisprudencias y hasta de normas legales, pues la sola mención literal de un artículo de una ley, es reportada como plagio y como tal, ordenada su desaparición del texto, o, en todo caso, la fórmula mágica del parafraseo, como remedio de todo. Este panorama se agrava aún más cuando algunos de esos docentes, ni siquiera se toman la molestia, al momento de subir los archivos a ser evaluados, de retirar las partes protocolares (carátula, dedicatorias, índices e incluso la bibliografía), que obviamente van a aumentar el porcentaje de coincidencias detectadas en la medida que insertan membretes y títulos de uso común en todas las tesis que se encuentran en los repositorios.

En conclusión, el uso de estas herramientas informáticas, llámense software antiplagio o anticopia, resultan ser muy útiles para prevenir posibles ilícitos en cuanto a la originalidad de los informes de investigación, pero constituyen una herramienta auxiliar de naturaleza indiciaria, pero no determinante, pues quien realmente debería hacer la labor personalizada de esta evaluación debería ser el asesor de tesis y no, como viene sucediendo actualmente, ser el mecanismo taxativo que arruina muchas veces los verdaderos y originales trabajos de investigación, sólo porque no pueden detectar cuando realmente se ha citado correctamente y cuando no. En suma, estamos ingresando a una suerte de censura tecnológica que está desnaturalizando el verdadero sentido y finalidad de la investigación universitaria y convirtiendo las asesorías de tesis en una farsa burocrática verticalizada, sin el más mínimo respeto por el estudiante y sin el menor criterio de lo que realmente es un verdadero trabajo de investigación.

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